domingo, 14 de agosto de 2016

On agosto 14, 2016 by Unknown   No comments

Quizá muchas veces hemos pensado en medio de nuestra desesperación o impaciencia, o hemos escuchado decir a otras personas: “¡Dios no me escucha! ¡Quiero que me hable ya!” ¿Es que Dios es sordo a nuestras súplicas? ¿O acaso no nos habla? En realidad, no es Dios quien no nos escucha o habla, sino que somos nosotros quienes no sabemos o no queremos escuchar a Dios cuando nos habla. ¿No nos habla Dios a través de la creación (ver Rom 1, 20)? ¿No habló a través de los profetas (ver Heb 1, 1)? ¿No habla a todo hombre y mujer con potente voz en su Hijo amado, Jesucristo (ver Lc 9, 35)?

Dios también hoy nos habla de muchas maneras: a través de la Iglesia, a través de la Palabra divina leída en la Iglesia e interpretada de acuerdo a la Tradición y Magisterio de la Iglesia, a través de un texto o lectura de la Sagrada Escritura que llega en un momento oportuno, a través de una homilía o una plática, a través de una persona, a través de una “coincidencia” (o más bien habría que decir “Diosidencia”), en la oración, en una visita al Santísimo, etc. En fin, son muchas las maneras por las que Dios está tocando continuamente a la puerta de nuestros corazones. ¡A cada uno le toca abrir sus oídos y escuchar cuando Él habla!

Para escuchar a Dios que habla, es necesario acudir a Él para pedirle que nos cure de la sordera, es necesario purificar continuamente el corazón de todo vicio, pecado o apego desordenado, es necesario también hacer mucho silencio en nuestro interior. Asimismo hay que estar dispuestos a escuchar lo que Él me quiera decir, que no necesariamente es lo que muchas veces yo quisiera escuchar, lo que se ajusta a mis propios planes, proyectos personales o incluso caprichos.

Quien, liberado de esta sordera, escucha y acoge por la fe la Palabra divina con todas sus radicales exigencias y consecuencias, quien se adhiere a ella cordialmente y procura ponerla por obra en su propia vida, experimenta cómo esa Palabra poco a poco transforma todo su ser (ver Heb 4, 12) y experimenta también como se le suelta “la traba de la lengua” para que en adelante pueda proclamar las maravillas de Dios y anunciar el Evangelio de Jesucristo con sus palabras pero sobre todo con la vida misma, con una vida santa que en el cumplimiento del Plan de Dios se despliega y se hace un ininterrumpido canto de alabanza al Padre.

NUESTROS PADRES DE LA IGLESIA

San Beda: «Es sordo y mudo el que no tiene oídos para oír la palabra de Dios, ni lengua para hablarla; y es necesario que los que saben hablar y oír las palabras de Dios ofrezcan al Señor a los que ha de curar».

Lactancio (autor eclesiástico): «Abría los oídos a los sordos. Es cierto que hasta entonces no se había visto una obra celestial tal. Pero con ella declaraba que en breve sucedería que quienes no conocían la verdad iban a oír y a entender las palabras divinas de Dios. Y es que se puede llamar auténticamente sordos a quienes no oyen lo divino, lo verdadero y lo que se debe hacer. Hacía que hablaran las lenguas de los mudos. ¡Admirable poder! Pero en este milagro subyacía otro significado, con el cual estaba mostrando que los que hasta hacía poco eran ignorantes de las cosas celestiales iban a hablar sobre Dios y sobre la verdad, tras haber aprendido la ciencia de la sabiduría».


NUESTRO CATECISMO DE LA IGLESIA

Curación de enfermos: signo de la presencia salvífica de Dios

1503: La compasión de Cristo hacia los enfermos y sus numerosas curaciones de dolientes de toda clase son un signo maravilloso de que «Dios ha visitado a su pueblo» (Lc 7, 16) y de que el Reino de Dios está muy cerca. Jesús no tiene solamente poder para curar, sino también de perdonar los pecados: vino a curar al hombre entero, alma y cuerpo; es el médico que los enfermos necesitan. Su compasión hacia todos los que sufren llega hasta identificarse con ellos: «Estuve enfermo y me visitasteis» (Mt 25, 36). Su amor de predilección para con los enfermos no ha cesado, a lo largo de los siglos, de suscitar la atención muy particular de los cristianos hacia todos los que sufren en su cuerpo y en su alma. Esta atención dio origen a infatigables esfuerzos por aliviar a los que sufren.

1504: A menudo Jesús pide a los enfermos que crean. Se sirve de signos para curar: saliva e imposición de manos, barro y ablución. Los enfermos tratan de tocarlo, «pues salía de Él una fuerza que los curaba a todos» (Lc 6, 19). Así, en los sacramentos, Cristo continúa «tocándonos» para sanarnos.

1506: Conmovido por tantos sufrimientos, Cristo no sólo se deja tocar por los enfermos, sino que hace suyas sus miserias: «Él tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades» (Mt 8, 17). No curó a todos los enfermos. Sus curaciones eran signos de la venida del Reino de Dios. Anunciaban una curación más radical: la victoria sobre el pecado y la muerte por su Pascua. En la Cruz, Cristo tomó sobre sí todo el peso del mal y quitó el «pecado del mundo» (Jn 1, 29), del que la enfermedad no es sino una consecuencia. Por su pasión y su muerte en la Cruz, Cristo dio un sentido nuevo al sufrimiento: desde entonces éste nos configura con Él y nos une a su pasión redentora.

REFLEXION

La misión apostólica de anunciar el evangelio no puede ir separada de un trabajo efectivo al servicio de la promoción humana. De lo contrario sería ignorar la doctrina del Evangelio acerca del amor hacia el prójimo que sufre y padece necesidad (Pablo VI). El servicio solidario es un acto de amor y misericordia que busca remediar con urgencia el sufrimiento del hermano: dar de comer al hambriento, vestir al desnudo, albergar al que no tiene techo, enseñar al que no sabe. Por otro lado, pero de forma conjunta, también se tarta de edificar el Reino de Dios, luchando contra el egoísmo y el pecado de los hombres, alentando y promoviendo la solidaridad de unos con otros. En fin, se trata de edificar una cultura solidaria desde los seres humanos concretos; muchos con hambre de pan, pero todos hambrientos de Dios, de comunión y reconciliación.



El horizonte de la solidaridad efectiva, es mi acción connatural, oportuna, proporcionada y generosa en favor del pobre. No importa que al comienzo se disponga de poco o nada en comparación con tanto sufrimiento y necesidad. Mientras vivimos tendremos tiempo y paciencia, cariño y oración: riquezas invalorables que compartir con nuestros hermanos más necesitados.

En nuestro compromiso de amor no puede faltar una solidaridad afectiva con el pobre. No se puede vivir la ilusión de un cristianismo sin Cruz. Tampoco existe un cristianismo sin crucificado, sin Jesús que sufre en el pobre. La ascética del servicio solidario comienza cuando rompemos con el temor frente al dolor y el sufrimiento ajeno para hacerlo nuestro compartiéndolo.

El Señor Jesús nos enseña que no se pueden escatimar esfuerzos frente a la maravillosa dignidad de la persona humana, frente al misterio del hombre viviente que es la gloria de Dios. Esta ascética es camino de madurez y alegría, experiencia de caridad que purifica el corazón, que llega a los límites de uno mismo y los despliega en vencimientos sensibles e interiores, que alimenta la esperanza de escuchar al mismo Señor Jesús que nos habla al corazón: Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber (Mt 25, 34ss). (tes)(Dies domini)

Gloria a Dios!.

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